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La Angustia y Agonías de Charles Spurgeon.

Por Darrel W. AmundsenPor Darrel W. Amundsen.

La debilitante enfermedad de la gota, la calumnia ponzoñosa, la depresión recurrente: Spurgeon sufrió todo eso ¿Qué le ocurrió a su fe, como resultado de estas agonías?
Los amigos de Spurgeon e inclusive sus conocidos casuales, hacían comentarios acerca de su risa contagiosa. Su humor encontró también expresión en sus sermones y escritos, por lo que a veces fue duramente criticado. Spurgeon respondía que si sus críticos solamente supieran cuánto suprimía de su humor, guardarían silencio. Al mismo tiempo, la vida de Spurgeon estuvo saturada de sufrimientos. Conocemos íntimamente sus aflicciones gracias a sus frecuentes y francas descripciones de ellas. ¿Qué tormentos afligieron a Spurgeon? ¿Cómo reconcilió sus dolorosas experiencias con su visión de un Dios lleno de gracia?

Agonías Espirituales

Arriesgándonos a una tajante simplificación, podemos agrupar los sufrimientos de Spurgeon en sufrimientos espirituales, emocionales y físicos, aunque hay que reconocer la influencia recíproca entre las distintas categorías. Los sufrimientos espirituales de Spurgeon comenzaron de manera más marcada, cinco años antes de su conversión. A lo largo de su ministerio, él se refirió a los horrores que había sentido durante cinco años, cuando se encontraba bajo una profunda convicción de pecado, intelectualmente consciente del Evangelio, pero ciego a su aplicación personal. “La justicia de Dios, como un arado, desgarró mi espíritu,” recordaba. “Yo estaba condenado, arruinado, destruido, perdido, desvalido, desesperado. Yo pensaba que el infierno estaba ante mí. . . yo oraba, sin encontrar ninguna respuesta de paz. Eso me ocurrió durante mucho tiempo.”

Para Spurgeon, ningún sufrimiento soportado más tarde, podría igualar esta devastadora amargura del alma. Esos sufrimientos espirituales le enseñaron a aborrecer la inmundicia del pecado y apreciar la santidad de Dios. Y engendraron en él un gozo seráfico en su salvación.

Calumnia y Escarnio

Durante sus años iniciales en Londres, Spurgeon fue el blanco de intensas calumnias y escarnios. En 1881, pudo mirar en retrospectiva esos años y comentar: “puedo decir en verdad, ‘yo fui enterrado con Cristo hace treinta años,’ ciertamente debo estar muerto. Verdaderamente el mundo así lo pensó, pues no mucho tiempo después de mi entierro con Jesús, comencé a predicar Su nombre, y por esos años el mundo me consideró muy trastornado, y afirmó: ‘apesta.” Comenzaron a decir todo tipo de cosas malas contra el predicador; pero entre más apestaba yo en sus narices, más me regocijaba, pues tenía entonces la plena certeza que yo estaba realmente muerto para el mundo.”

Por aquel entonces, sin embargo, Spurgeon se debatía entre el gozarse ante tales persecuciones o el ser aplastado por ellas. En 1857, luchó con sus sentimientos. “A menudo he caído de rodillas, con un sudor hirviente brotando de mi rostro bajo el peso de una nueva calumnia lanzada contra mí; en una agonía de dolor mi corazón ha estado a punto de ser quebrantado. . .Esto puedo decir con todo mi corazón: si ser convertido en el lodazal de las calles otra vez, si ser el hazmerreír de los insensatos y ser la canción del borracho me permitirá una vez más ser de mayor servicio a mi Señor, y más útil a su causa, prefiero eso a toda esta muchedumbre, o a todo el aplauso que el hombre pueda brindarme.”
El Peso de La Predicación

A menudo, al venir a este púlpito, he sentido que mis rodillas chocaban entre sí.

Desde el principio de su ministerio, Spurgeon atrajo inmensas audiencias en instituciones tales como Exeter Hall y el Royal Surrey Gardens Hall, que poseían auditorios de gran capacidad de público. Aunque según las apariencias, Spurgeon desbordaba aplomo, en realidad, internamente, estaba lleno de vacilaciones.
En 1861, comentó: “mis diáconos saben muy bien cómo, cuando prediqué por primera vez en Exeter Hall, escasamente hubo alguna ocasión en la que me dejaron solo diez minutos antes del servicio, sin que me encontraran en un espantoso estado de enfermedad, producido por ese tremendo sentimiento de mi solemne responsabilidad. . .”
Spurgeon sentía una gran ansiedad que brotaba, no tanto de las multitudes a las que tenía que predicar, sino frente a la terrible responsabilidad de tener que rendir cuentas ante Dios por las almas de tantas personas. Esta fue siempre una vigorosa fuente de sufrimiento espiritual a lo largo de toda su carrera. Él hizo la observación en 1883: “he predicado el Evangelio durante estos últimos treinta años y más, y. . . a menudo, he sentido que mis rodillas chocaban entre sí, no porque tuviera temor de mis oyentes, sino al pensar en esas cuentas que debo rendir a Dios, si hablo la verdad fielmente o no.”

¡Aflicción Emocional por “Fuego”!

En la noche del 19 de Octubre de 1856, Spurgeon iba a comenzar un período de servicios semanales en el salón Royal Surrey Gardens Music Hall. La mañana de ese mismo día había predicado en La Capilla New Park Street, sobre el texto de Malaquías 3: 10: “Probadme ahora en esto.” Con escalofriante voz profética declaró: “. . .yo podría ser llamado a estar allí donde se fraguan las nubes de tormenta, donde los rayos juegan, y los vientos tempestuosos aúllan en la cima de la montaña. Bien, entonces, nací para probar el poder y la majestad de nuestro Dios; en medio de los peligros, Él me llenará de valor; en medio de los trabajos, Él me fortalecerá. . . Esta noche nos vamos a reunir en un lugar donde se congregará una muchedumbre sin precedentes, tal vez por pura curiosidad, para oír La Palabra de Dios; y la voz clama en mis oídos: ‘Probadme ahora en esto.’. . . Mira lo que puede hacer Dios, justo en el momento cuando una nube está cayendo sobre la cabeza de quien Dios ha levantado, para que les predique. . .”

Esa noche el salón Surrey Hall, con capacidad de albergar a doce mil personas, estaba desbordante con una muchedumbre adicional de unas diez mil personas que deambulaban en los jardines. El servicio acababa de empezar cuando, durante la oración de Spurgeon, varios sinvergüenzas mal intencionados gritaron: “¡fuego! ¡Los balcones se están desplomando!” Como consecuencia del pánico generado, siete personas murieron y veintiocho más tuvieron que ser hospitalizadas por las severas lesiones que sufrieron. Spurgeon, totalmente destrozado, tuvo que ser llevado, literalmente, del púlpito a casa de un amigo, donde permaneció por varios días sumido en profunda depresión.

Más tarde, él comentó: “tal vez ningún alma se acercó tanto al horno ardiente de la locura, y se alejó de él sin recibir ningún daño.” Finalmente encontró consuelo en este versículo: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.” Spurgeon no era sino un soldado; el Señor es el capitán de los ejércitos, y por ello la victoria estaba asegurada. Sin embargo, hasta su muerte, el espectro de esa calamidad le persiguió de tal manera, que un amigo cercano y biógrafo conjeturó: “no puedo dejar de pensar que su comparativamente temprana muerte puede atribuirse en alguna medida al horno de sufrimiento mental que soportó durante esa terrible noche y en días posteriores.

Depresión
Si Spurgeon conocía la depresión desde antes, como consecuencia del desastre de Surrey Hall se convirtió en una compañera suya más frecuente y perversa. En Octubre de 1858 sufrió, desde su llegada a Londres, el primer episodio de alguna enfermedad que lo incapacitara temporalmente. Habiéndose tenido que ausentar de su púlpito durante tres domingos, a su regreso predicó sobre 1 Pedro 1: 6: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas.” En el sermón, titulado “La Aflicción y el Gozo del Cristiano,” Spurgeon comentó que durante su enfermedad, cuando “mi espíritu estaba tan abatido que podía llorar durante horas como un niño, y sin embargo no sabía por qué lloraba. . . un buen amigo me estaba contando acerca de una pobre mujer que vivía cerca, que sufría de grandes dolores, pero que estaba llena de gozo y alegría. Al oír esa historia me sentí muy acongojado y avergonzado de mí mismo. . .” Mientras se debatía frente al contraste entre su depresión y el gozo hecho patente por esa mujer que sufría de cáncer, “este texto brilló en mi mente con su verdadero significado. . .que algunas veces el cristiano no soporta sus sufrimientos con un corazón valeroso y gozoso” sino “a veces su espíritu se hunde con él, y el cristiano debe volverse como un niñito golpeado por la mano de Dios.”

Spurgeon frecuentemente se encontraba “abatido.” A veces su depresión era el resultado directo de sus diversas enfermedades: tal vez de origen psicológico, y en el caso de la gota, probablemente también de origen fisiológico. A pesar de ello, Spurgeon consideraba su propia depresión como su “peor rasgo” y una vez comentó que “el decaimiento no es una virtud; creo que es un vicio. Estoy avergonzado de mí mismo de corazón por caer en él, pero estoy seguro que no hay remedio tan bueno para eso como la santa fe en Dios.”

Spurgeon se consolaba a sí mismo al darse cuenta que tal depresión lo equipaba para ministrar con mayor efectividad: “yo iría a las profundidades cien veces para alentar a los espíritus abatidos. Es bueno que yo experimente la aflicción, para saber cómo hablar oportunamente una palabra a alguien que esté abrumado.”

Tareas del Ministerio

Los recurrentes ataques de depresión de Spurgeon fueron exacerbados por sus numerosas responsabilidades. Él comentó una vez: “Nadie conoce el trabajo y el cuidado que tengo que soportar. No pido simpatía, sino que pido indulgencia si a veces olvido algo. Tengo que cuidar de un orfanatorio, estoy a cargo de una iglesia que consta de cuatro mil miembros, algunas veces tengo que oficiar en matrimonios y entierros, debo revisar un sermón semanal, tengo que editar La Espada y La Cuchara, y además de todo eso, tengo que responder un promedio semanal de unas quinientas cartas.” En 1872 aseveró que “el ministerio es un asunto que agota el cerebro y fuerza al corazón, y desangra la vida de un hombre si lo atiende como debe hacerlo.”

Sin embargo, él rehusaba bajar el ritmo. Durante su primera enfermedad de importancia (Octubre 1858) Spurgeon escribió a su congregación y a sus lectores: “No atribuyan mi enfermedad al hecho que he trabajado demasiado arduamente para mi Señor. Por Su amada causa miro con piedad a la gente que dice: ‘no predique con tanta frecuencia; usted se está matando.’ ¡OH Dios mío! ¿Qué habría dicho Pablo ante un consejo así?” Spurgeon decidió que sus arduos trabajos y su angustia, aunque dañinos físicamente, debían ser asumidos: “estamos demasiado ocupados en cuidarnos a nosotros mismos; rehuimos las dificultades encontradas en una labor excesiva. Y frecuentemente tras el parapeto del cuidado de nuestro cuerpo, no hacemos ni la mitad de lo que deberíamos. Un ministro de Dios debe desdeñar las sugerencias que lo invitan a la comodidad innoble; su llamado es al trabajo arduo; y si destruye su constitución, al menos yo, únicamente doy gracias a Dios que nos permite el gran privilegio de convertirnos en sacrificios vivos.”

La Enfermedad de la Gota

“¿Alguna vez estuvieron acostados durante una semana sobre un solo costado? ¿Alguna vez intentaron darse la vuelta, para solo descubrirse desvalidos?
La enfermedad que afligió a Spurgeon con mayor severidad fue la de la gota, una condición que a veces produce un dolor insoportable. Lo que puede ser diagnosticado con claridad como gota, le vino a Spurgeon en 1869, cuando contaba con 35 años de edad. Por el resto de su vida estuvo incapacitado por semanas o inclusive durante meses casi cada año, debido a diversas enfermedades. El espacio no nos permite elaborar una crónica ni siquiera abreviada de sus sufrimientos físicos. Alguna apreciación de ellos nos llega de un artículo de La Espada y La Cuchara en 1871: “Es una gran misericordia poder cambiarse de lado cuando uno está acostado. . . ¿Alguna vez estuvieron acostados durante una semana sobre un solo costado? ¿Alguna vez intentaron darse vuelta sólo para descubrir que no podían hacerlo? ¿Alguna vez los tuvieron que levantar otras personas, que por amabilidad les comunicaron la miserable conclusión que tenían que levantarlos otra vez y regresarlos de inmediato a la posición anterior, pues aunque hubiera sido muy mala, era preferible a cualquier otra?. . . Es una entrañable misericordia poder dormir por lo menos una hora en la noche. . .Cuán grande misericordia he recibido cuando sólo una rodilla me tortura a la vez. ¡Qué bendición poder poner otra vez el pie en el suelo, aunque sólo sea por un minuto!”
Algunos meses más tarde Spurgeon describió en un sermón, una experiencia durante ese período de aflicción: “hace algunos meses, cuando estaba siendo atormentado por el dolor, a tal punto que no podía soportarlo sin gritar, le pedí a todos los que me rodeaban que abandonaran la habitación, y que me dejaran solo; y luego no tenía otras palabras que decirle a Dios excepto éstas: “Tú eres mi Padre, y yo soy tu hijo; y Tú, como un Padre, eres tierno y lleno de misericordia. Yo no podría soportar ver que mi hijo sufriera como Tú me haces sufrir, y si yo lo viera que está siendo atormentado como yo lo estoy siendo ahora, haría lo que pudiera para ayudarlo y lo abrazaría para sostenerlo. ¿Todavía se agravará sobre mí tu mano, y no tendré una sonrisa de Tu rostro?”. . . Así supliqué, y luego me atreví a decir, cuando estaba en silencio y los que me cuidaban regresaron a la habitación: ‘a partir de este momento no tendré un dolor tan agudo, pues Dios ha escuchado mi oración.’ Bendigo a Dios porque vino la calma y el dolor que me atormentaba no regresó nunca.” Él se refería frecuentemente a este incidente, aunque es imposible saber si la gota no volvió a ser nunca tan extremadamente dolorosa como lo fue durante ese episodio.

A partir de 1871, Spurgeon vivió escasamente libre de dolor. Los intervalos entre los tiempos de obligado descanso se volvieron cada vez más cortos, y su condición de salud se volvió más compleja cuando se comenzaron a presentar los síntomas de la enfermedad de Bright (una inflamación crónica de los riñones). Desde 1870, Spurgeon buscó regularmente su recuperación y restauración en Mentone, en el sur de Francia.

Los últimos años de sufrimiento físico de Spurgeon deben verse a través del lente de la ‘Controversia del Declive.’ Cuando dio comienzo esta controversia, Spurgeon comentó que él “había sufrido la pérdida de amistades y de reputación, pérdida de apoyo económico y amargos reproches. . .Pero nadie puede medir el dolor que me ha costado.” A un amigo le dijo en 1891: “adiós, no me volverás a ver nunca. Esta lucha me está matando.”

¿Dónde Está Dios Cuando Se Sufre?

Spurgeon sostenía que puesto que Dios es soberano, no hay tales cosas como accidentes. Esto, sin embargo, no es fatalismo. “El destino es ciego; la Providencia tiene ojos.” Una fe firme en la soberanía de Dios era esencial para el bienestar de Spurgeon: “para mí sería una experiencia muy dolorosa y difícil de soportar pensar que estoy atravesando una aflicción que Dios no me mandó; que la copa amarga nunca fue llenada por Su mano; que mis pruebas no fueron nunca medidas por Él; que no me fueron enviadas en la cantidad y en el peso establecidos por Su disposición.”

Consecuentemente, él tendía a mirar muy poco a la causalidad próxima. “Si beben del río de la aflicción cerca de su desembocadura,” predicó en 1858, “es salobre y ofensivo al gusto, pero si lo siguen hasta su fuente, donde brota al pie del trono de Dios, descubrirán que sus aguas son dulces y restauran la salud.” Él explicó en 1873: “si yo atribuyo mi dolor a un accidente, mi aflicción a un error, mi pérdida a la culpa de otro, mi malestar a un enemigo, y así sucesivamente, soy de la tierra, terrenal, y me romperé los dientes con piedras de grava; pero cuando me vuelvo a mi Dios y veo Su mano en acción, me calmo y no tengo ni una palabra de queja.”

La confianza en la soberanía y el amor paternal de Dios no impidió que Spurgeon preguntara algunas veces “¿por qué?”, más especialmente cuando quedaba incapacitado en tiempos que él consideraba cruciales para su trabajo. En La Espada y La Cuchara en 1876, hizo la pregunta en un artículo titulado “Incapacitado. ¿Por qué?” Spurgeon respondió a su propia pregunta concluyendo que tales tiempos son “la manera más segura de enseñarnos que no somos necesarios para la obra de Dios, y que cuando somos más útiles, Él puede fácilmente prescindir de nosotros.”

En esto y en todo lo demás, Spurgeon se dio cuenta de los beneficios potenciales del dolor. En un sermón publicado en 1881, él afirmó: “En sí mismo, el dolor no santificará a nadie: tiende inclusive a ensimismar a la persona, y volverla malhumorada, enojadiza, egoísta; pero cuando Dios bendice ese dolor, entonces tendrá un efecto sumamente saludable: una suavizante influencia de obediencia.”

Un poco menos de un año antes de su muerte, Spurgeon discutió ese proceso en un sermón titulado: “El Pueblo de Dios Consumido y Afligido.” Allí, él se pregunta: “¿alguna vez han sido puestos en el crisol, queridos amigos? Yo he estado allí, y mis sermones conmigo, y mi cuerpo, y todas mis buenas obras. Prácticamente llenaron el recipiente hasta que el fuego se consumió, y luego miré para ver qué se consumió allí; y si no hubiera sido porque yo tenía una fe simple en mi Señor Jesucristo, me temo que no habría encontrado nada… El resultado de la purificación es que nos permite llegar al verdadero valor de las cosas, y somos formados en un molde nuevo y mejor. Y, ¡oh, casi anhelamos el crisol si por medio de él somos liberados de la escoria, para poder ser purificados, para poder ser moldeados más completamente a semejanza de nuestro Señor!”

Aquí vemos una maravillosa paradoja en la teología aplicada de Spurgeon. Él admite francamente que temía al sufrimiento y haría legítimamente lo que fuera para evitarlo. Sin embargo, cuando no sufría agudamente, anhelaba el sufrimiento. “El camino para una fe más firme usualmente va a lo largo del abrupto sendero del dolor,” decía. “Me temo que toda la gracia que he recibido en mis tiempos de comodidad y tranquilidad, pueden caber perfectamente en una moneda de un centavo. Pero el bien que he recibido de mis aflicciones, y dolores y penas, es completamente incalculable. . . La aflicción es el mejor mueble de mi casa. Es el mejor libro de la biblioteca de un ministro.”

No podemos esperar entender los sufrimientos de Spurgeon a menos que echemos una mirada a la experiencia de intimidad en su relación con su Salvador. El 7 de Junio, 1891, Spurgeon predicó, en medio de un agudo dolor físico generado por su enfermedad, lo que sería, sin saberlo él, su último sermón. Sus palabras finales en el púlpito fueron, como siempre, acerca de su Señor: “Él es el más magnánimo de los capitanes. Entre los príncipes más escogidos, no ha habido nadie como Él. Le encontraremos siempre en lo más recio de la batalla. Cuando sopla el viento frío, toma el lado más desolado de la montaña. La parte más pesada de la cruz siempre descansa entre Sus hombros. Si nos ordena llevar una carga, Él también la lleva. Si hay algo lleno de gracia, generoso, amable y tierno, espléndido y con amor en abundancia, lo encontraremos siempre en Él. Más de cuarenta años Le he servido, ¡bendito sea Su nombre!, y no he encontrado otra cosa sino amor de Su parte. Me encantaría poder continuar sirviéndole de la misma manera otros cuarenta años aquí abajo, si Él así lo quisiera. Su servicio es vida, paz, gozo. ¡OH, que ustedes comenzaran a servirle de inmediato! ¡Que Dios les ayude a alistarse bajo el estandarte de Jesús en este mismo día! Amén.”

Nota del Traductor: Este ensayo ha sido traducido con la autorización de Chapel Library, una importante fuente de sermones impresos de Spurgeon, tanto en inglés como en español.

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Darrell W. Amundsen, Ph. D. Profesor de Letras Clásicas en Western Washington University, Bellingham, Washington. Es un reconocido experto en el campo de Historia Antigua y Medieval y Ética.

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